Belleza de cielo azul de una de esas mañanas calurosas de junio en el Valle, las mejillas carmesí, la tez de marfil, la sonrisa perlada y sus cabellos de otoño que siempre le dejan algunas hojas caídas en el rostro.

Siento no ser lo que esperaban, pero bueno, éste soy yo. Si fuera una fiesta de electrónica y tuviera un lsd todo sería distinto.

Breakfast.

Breakfast.

La mitad de mi sonrisa, su reflejo en mis ojos.

Y le regaló una flor sin pétalos, para que nunca supiera si le quería o no.

El sol, el calor, el crepúsculo, el viento, el frío, la oscuridad, los destellos. Todo eso y nada de vos.

Hoy se siente más que nunca la ausencia, todo está frío, todo en silencio afuera; adentro solo la taquipsiquia por lo que no hemos hablado hoy, de los detalles de noche, de la alegría por su lugar favorito de la discoteca. En realidad sentí como si no quisiece hablar conmigo al respecto, lo digo por lo concreta y monosilábica de la respuesta que me dio: “bien”. No le culpo de nada, me aculpo por su parecer, por la opacidad de sus soles y su sonrisa invertida. Me hace más falta su alegría que su estructura física, aunque miento de alguna manera porque el calor de sus palmas y el espesor de la flora que le adorna todo el rostro son inolvidables. Nostalgia por la voz de infante que ocupa mi atención y los labios fruncidos que buscan relajarse con algunos besos. Hablarnos me hizo falta hoy.